sábado, 18 de febrero de 2017

De Europa con Amor

12 de enero de 2013

Si algo nos enseña Woody Allen al inicio de sus películas es que se deben pedir indicaciones al tipo más guapo que encontremos en la calle. Lo demás se da solo: un beso, un romance, un matrimonio. Es la fantasía potenciada que en el 2001 nos contaba Eurotrip: “conocer a un italiano candente y hacer el amor en su yate por toda la costa mediterránea”.
Yo hoy estoy en el Mediterráneo, pero no tengo ni italiano, ni yate, ni he hecho el amor en mucho tiempo.
Apenas hace un par de días dejé México para estudiar becada una maestría en España. Y es que veces también tiene sus ventajas esto de ser un ratón de biblioteca con escasas habilidades sociales.  
Pero claro, mi mérito académico no tuvo el mismo significado para todo el mundo: Para mis tías, mis amigas y conocidas era más importante desearme suerte en el amor que en la Academia. Fenómeno digno de considerarse sociológicamente, pues si me hubiera mudado a San Juan de las Manzanas, en Bolivia, estoy segura que no me hubiesen hecho tal encargo: “Quiero un sobrino español”, “Te pones viva y te pescas un galleguito”, "Recuerda que tenemos que mejorar la raza".

Así es que, en mi tercer día aquí me he dado cuenta de que, además de obtener un grado universitario, tengo la responsabilidad de engancharme con un chico europeo; pues en mis manos tengo las esperanzas de 5 primas, 4 tías, 2 amigas, 6 compañeras de mi ex-trabajo e incluso de 3 secretarias que me ayudaron con los trámites consulares.