12 de enero de 2013
Si algo nos enseña Woody Allen al inicio
de sus películas es que se deben pedir indicaciones al tipo más guapo que
encontremos en la calle. Lo demás se da solo: un beso, un romance, un
matrimonio. Es la fantasía potenciada que en el 2001 nos contaba Eurotrip:
“conocer a un italiano candente y hacer el amor en su yate por toda la costa
mediterránea”.
Yo hoy estoy en el Mediterráneo, pero
no tengo ni italiano, ni yate, ni he hecho el amor en mucho tiempo.
Apenas hace un par de días dejé México para estudiar becada una maestría en España. Y es que veces también tiene sus ventajas esto de ser un ratón de biblioteca con escasas habilidades sociales.
Pero claro, mi mérito académico no tuvo el mismo significado para todo el mundo: Para mis tías, mis amigas y conocidas era
más importante desearme suerte en el amor que en la Academia. Fenómeno digno
de considerarse sociológicamente, pues si me hubiera mudado a San Juan de las
Manzanas, en Bolivia, estoy segura que no me hubiesen hecho tal encargo: “Quiero
un sobrino español”, “Te pones viva y te pescas un galleguito”, "Recuerda que tenemos que mejorar la raza".
Así es que, en mi tercer día aquí me he
dado cuenta de que, además de obtener un grado universitario, tengo la
responsabilidad de engancharme con un chico europeo; pues en mis manos tengo las esperanzas de 5 primas, 4 tías, 2 amigas, 6 compañeras de mi ex-trabajo e incluso de 3 secretarias que me
ayudaron con los trámites consulares.
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