domingo, 7 de febrero de 2021

Mi madre está demasiado ocupada para hablar conmigo

 El título parece una reclama de una adolescente. Pero no. Tengo 33 años, un marido y vivo en Suiza. Si alguien leyó mi primer post podrá saber ahora que la empresa de casarme en Europa sucedió (aunque de manera accidental con un amor de verano que resultó ser el hombre de mi vida).

Ayer, en una cena familiar en casa de mis suegros, departíamos alegres y hablábamos de las tecnología de la telecomunicación. Mi suegro, que sabe que vivo lejos de mi familia, se le ocurrió preguntarme que cuál utilizo más para videollamar a mi madre, el Zoom o el WhatsApp. Yo no pude contestar sim titubear y hacer una larga pausa. Y es que, ¿cómo podía explicar así de pronto que mi madre y mis hermanos siempre están ocupados y nunca tienen tiempo para esas cosas? Mi respuesta fue contarles que no usamos tanto esas cosas mientras ponía mi mirada en el suelo.

El padre de mi marido se dio cuenta que quedé afectada con la pregunta y en un intento de pirueta de salvación me dijo: bueno, eso da un incentivo para cuando la visitas. Seguro no se separan. Sus palabras me pegaron directo en la orfandad: La última vez que estuve en México, después de dos años de no vernos, nos encontramos con mi familia en la playa. Teníamos planeado quedarnos 5 días, pero mi madre a los 3 decidió "adelantarse" porque tenía problemas importantes en su negocio. Nosotros nos quedamos dos días más y después viajamos a Oaxaca, donde mi madre vive y trabaja. Estuvimos dos semanas. Tuvimos tiempo para vernos por la noche y las veces que yo la visité en su negocio. Ella estaba demasiado ocupada. 

jueves, 7 de febrero de 2019

Mi Roma

¿Qué nos deja Roma a los clasemedieros tercermundistas? Al menos a mí, me dejó un profundo sentimiento de culpa por nunca haber puesto atención a esas microhistorias que pasaban en casa.
En mi casa, durante toda mi infancia y adolescencia, hubo mujeres que ayudaban a mi madre con la limpieza. Y no puedo decir que se les trató mal, pero tampoco puedo afirmar que se les trató bien. Podríamos decir que todo fue de acuerdo a ese marco político no escrito, establecido entre la patrona y “la muchacha”, donde el respeto y la dignidad están presentes siempre y cuando la segunda sea sumisa y no “se quiera brincar las trancas” que estableció la primera.
En las películas y novelas, las sirvientas (las chachas, las criadas, las gatúbelas, las gatas) ocupan siempre un papel secundario si no es que terciario. Son las que abren la puerta, pasan el café, limpian el polvo y ponen la mesa. En la vida sucede igual, o al menos así nos enseñan a verlo.
Las únicas historias de empleadas domésticas que nos habían interesado hasta ahora eran las del tipo de María la del Barrio o María Mercedes: la sirvienta que se vuelve rica, y a su vez tiene sus propias "chachas". Así, el ciclo continúa, con la señal de prosperidad que significa contratar una empleada doméstica que limpia las cacas del perro y de los niños, pero quien no tiene derecho al Seguro Social o al fondo para el retiro.
Desde chiquitos nos enseñan que la chacha vive en el cuarto chico, usa el baño más lejano, y a veces se le deja comer en la mesa con nosotros porque somos muy modernos y generosos.
A la muchacha se le da la ropa que ya no le queda a nadie, los zapatos que ya no pueden ser reparados; a la muchacha se le tiene lástima por tener tres hijos de distintos padres, y se le desprecia por oler a cloro. Jamás, ni por sólo un momento, se le pregunta si es feliz. Es suficiente con llamarles con un mote cariñoso, generalmente en diminutivo, o con un un tratamiento de “Doñas” que responde a nuestros eufemismos lingüísticos. Y es que la lengua lo revela todo, incluso el sentimiento de propiedad que nos permite llamarles “mi Luigi”, “mi Mary”, “mi Laurita”.

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Por eso lloré, lloré con Roma, pero debo ser honesta y confesar que no lloré por la historia de Cleo. Lloré pensando profundamente en Bety, y en doña Mary, y en Teté... y en todas esas mujeres que ayudaron en mi casa, pero a quienes pocas veces (o ninguna) abracé. Lloré al darme cuenta que aunque sus dramas eras mucho más profundos, ni por un segundo fueron más importantes en nuestras vidas. Y es que uno se enseña a “que según el sapo es la pedrada”, mientras sabemos, y bien que sabemos, que mientras más baja es la clase, más grande es la tragedia.

lunes, 29 de octubre de 2018

Abrazo grupal... de uno

Y ahí estaba yo, con los ojos empapados de lágrimas que no quería, dando el abrazo más fuerte que había dado en la vida... a mí misma. Y es que, ¿qué se hace cuando uno se siente solo?
En mi cultura los abrazos son importantes: se abraza para dar amor, paz, felicidad; se abraza incluso en la tristeza.
Han pasado años desde la última vez que escribí una carta. Han pasado años y muchas circunstancias. Hoy podría decir que mi vida está en un estado de felicidad, pero también podría decir que nunca me sentí tan sola.
Algunas personas dicen que se debe al síndrome del extranjero, otros expertos opinan que se debe a la depresión postmigración. 

sábado, 18 de febrero de 2017

De Europa con Amor

12 de enero de 2013

Si algo nos enseña Woody Allen al inicio de sus películas es que se deben pedir indicaciones al tipo más guapo que encontremos en la calle. Lo demás se da solo: un beso, un romance, un matrimonio. Es la fantasía potenciada que en el 2001 nos contaba Eurotrip: “conocer a un italiano candente y hacer el amor en su yate por toda la costa mediterránea”.
Yo hoy estoy en el Mediterráneo, pero no tengo ni italiano, ni yate, ni he hecho el amor en mucho tiempo.
Apenas hace un par de días dejé México para estudiar becada una maestría en España. Y es que veces también tiene sus ventajas esto de ser un ratón de biblioteca con escasas habilidades sociales.  
Pero claro, mi mérito académico no tuvo el mismo significado para todo el mundo: Para mis tías, mis amigas y conocidas era más importante desearme suerte en el amor que en la Academia. Fenómeno digno de considerarse sociológicamente, pues si me hubiera mudado a San Juan de las Manzanas, en Bolivia, estoy segura que no me hubiesen hecho tal encargo: “Quiero un sobrino español”, “Te pones viva y te pescas un galleguito”, "Recuerda que tenemos que mejorar la raza".

Así es que, en mi tercer día aquí me he dado cuenta de que, además de obtener un grado universitario, tengo la responsabilidad de engancharme con un chico europeo; pues en mis manos tengo las esperanzas de 5 primas, 4 tías, 2 amigas, 6 compañeras de mi ex-trabajo e incluso de 3 secretarias que me ayudaron con los trámites consulares.