¿Qué nos deja Roma a los clasemedieros tercermundistas? Al menos a mí, me dejó un profundo sentimiento de culpa por nunca haber puesto atención a esas microhistorias que pasaban en casa.
En mi casa, durante toda mi infancia y adolescencia, hubo mujeres que ayudaban a mi madre con la limpieza. Y no puedo decir que se les trató mal, pero tampoco puedo afirmar que se les trató bien. Podríamos decir que todo fue de acuerdo a ese marco político no escrito, establecido entre la patrona y “la muchacha”, donde el respeto y la dignidad están presentes siempre y cuando la segunda sea sumisa y no “se quiera brincar las trancas” que estableció la primera.
En las películas y novelas, las sirvientas (las chachas, las criadas, las gatúbelas, las gatas) ocupan siempre un papel secundario si no es que terciario. Son las que abren la puerta, pasan el café, limpian el polvo y ponen la mesa. En la vida sucede igual, o al menos así nos enseñan a verlo.
Las únicas historias de empleadas domésticas que nos habían interesado hasta ahora eran las del tipo de María la del Barrio o María Mercedes: la sirvienta que se vuelve rica, y a su vez tiene sus propias "chachas". Así, el ciclo continúa, con la señal de prosperidad que significa contratar una empleada doméstica que limpia las cacas del perro y de los niños, pero quien no tiene derecho al Seguro Social o al fondo para el retiro.
Desde chiquitos nos enseñan que la chacha vive en el cuarto chico, usa el baño más lejano, y a veces se le deja comer en la mesa con nosotros porque somos muy modernos y generosos.
A la muchacha se le da la ropa que ya no le queda a nadie, los zapatos que ya no pueden ser reparados; a la muchacha se le tiene lástima por tener tres hijos de distintos padres, y se le desprecia por oler a cloro. Jamás, ni por sólo un momento, se le pregunta si es feliz. Es suficiente con llamarles con un mote cariñoso, generalmente en diminutivo, o con un un tratamiento de “Doñas” que responde a nuestros eufemismos lingüísticos. Y es que la lengua lo revela todo, incluso el sentimiento de propiedad que nos permite llamarles “mi Luigi”, “mi Mary”, “mi Laurita”.
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Por eso lloré, lloré con Roma, pero debo ser honesta y confesar que no lloré por la historia de Cleo. Lloré pensando profundamente en Bety, y en doña Mary, y en Teté... y en todas esas mujeres que ayudaron en mi casa, pero a quienes pocas veces (o ninguna) abracé. Lloré al darme cuenta que aunque sus dramas eras mucho más profundos, ni por un segundo fueron más importantes en nuestras vidas. Y es que uno se enseña a “que según el sapo es la pedrada”, mientras sabemos, y bien que sabemos, que mientras más baja es la clase, más grande es la tragedia.
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